Mostrando las entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de junio de 2016

¿Cuál es el sentido de la vida?

La respuesta que da la Biblia

Esta cuestión puede plantearse de distintas formas. Tal vez alguien se pregunte: “¿Por qué estamos aquí?” o “¿Qué propósito tiene la vida?”. La Biblia indica que nuestro propósito en la vida es llegar a ser amigos de Dios. Para comprender mejor este asunto, veamos algunas verdades fundamentales que revelan las Escrituras.
  • Dios es nuestro Creador. La Biblia dice: “Es [Dios] quien nos ha hecho, y no nosotros mismos” (Salmo 100:3; Revelación [Apocalipsis] 4:11).
  • El Creador tiene un propósito para todo lo que ha hecho, incluida la humanidad (Isaías 45:18).
  • Dios nos creó con una “necesidad espiritual”, la cual incluye el deseo de hallarle sentido a la vida (Mateo 5:3). Él quiere que satisfagamos ese anhelo (Salmo 145:16).
  • Satisfacemos nuestra necesidad espiritual cuando nos esforzamos por conocer a Dios y ser sus amigos, algo que no está fuera de nuestro alcance. De hecho, la Biblia nos hace esta invitación: “Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes” (Santiago 4:8;2:23).
  • A fin de ser amigos de Dios, debemos cumplir con el propósito para el cual nos creó. La Biblia deja claro cuál es ese propósito: “Para esto fue creado el hombre: para temer y amar a Dios y obedecer sus mandatos” (Eclesiastés 12:13, versión de Ángel Sánchez, nota; lenguaje actualizado).
  • En el futuro, cuando Dios elimine el sufrimiento y conceda vida eterna a todos sus amigos —aquellos que le sirven con lealtad—, se verá totalmente cumplido el propósito de Dios para la humanidad (Salmo 37:10, 11).

martes, 24 de mayo de 2016

¿Hay vida después de la muerte?

La respuesta que da la Biblia

La Biblia dice: “Los vivos tienen conciencia de que morirán; pero en cuanto a los muertos, ellos no tienen conciencia de nada en absoluto” (Eclesiastés 9:5; Salmo 146:4). Así que cuando alguien muere, deja de existir. Los muertos no pueden pensar ni actuar ni sentir.

“A polvo volverás”

Dios le explicó al primer hombre lo que le sucedería al morir. Cuando Adán desobedeció, Dios le dijo: “Polvo eres y a polvo volverás” (Génesis 3:19). Adán no existía antes de que Dios lo formara “del polvo del suelo” (Génesis 2:7). Y al morir, volvió a ser polvo y dejó de existir.
Lo mismo sucede hoy. Refiriéndose tanto a los seres humanos como a los animales, la Biblia explica: “Del polvo han llegado a ser todos, y todos vuelven al polvo” (Eclesiastés 3:19, 20).

La muerte no tiene por qué ser el final de todo

La Biblia a menudo compara la muerte con un sueño profundo (Salmo 13:3; Juan 11:11-14; Hechos 7:60). Quien duerme profundamente no se entera de lo que pasa a su alrededor. Del mismo modo, los muertos no tienen conciencia de nada. Sin embargo, la Biblia enseña que Dios puede despertarlos y levantarlos a la vida (Job 14:13-15). Para aquellos a quienes Dios resucite, la muerte no será el final de todo.

miércoles, 27 de abril de 2016

¿Dónde están los muertos?

  • ¿Qué nos sucede al morir?
  • ¿Por qué morimos?
  • ¿Nos serviría de consuelo aprender la verdad sobre la muerte?

ESTAS preguntas, que la gente se ha hecho por miles de años, son fundamentales. Y las respuestas nos interesan a todos, sin importar quiénes seamos ni dónde vivamos.
 En el capítulo anterior vimos que el rescate —el sacrificio de Jesucristo— abrió el camino para que podamos vivir eternamente. También vimos que la Biblia promete que “la muerte no será más” (Revelación [Apocalipsis] 21:4). Pero mientras llega ese día, todos morimos. Como dijo el sabio rey Salomón, “los vivos tienen conciencia de que morirán” (Eclesiastés 9:5). Intentamos vivir lo máximo posible, pero seguimos preguntándonos qué nos sucederá al morir.
 Cuando nos toca llorar la pérdida de seres amados, quizá pensemos: “¿Qué ha pasado con ellos? ¿Están sufriendo? ¿Nos cuidan de algún modo? ¿Podemos ayudarlos? ¿Los volveremos a ver?”. Las religiones del mundo ofrecen distintas respuestas. Algunas enseñan que los buenos van al cielo, y los malos a un lugar de tormento. Otras dicen que pasamos al reino de los espíritus para estar con nuestros antepasados. Y hay religiones que afirman que entramos en el mundo de los muertos para ser juzgados y después nos reencarnamos, es decir, volvemos a nacer en otro cuerpo.
Esas creencias comparten una idea básica: que una parte de nosotros sigue viviendo cuando el cuerpo muere. Casi todas las religiones, tanto del pasado como del presente, afirman que, de una u otra forma, continuamos viviendo para siempre y conservamos la capacidad de ver, oír y pensar. Pero ¿cómo puede ser eso posible? Los sentidos, lo mismo que el pensamiento, dependen del cerebro, el cual deja de funcionar cuando fallecemos. Nuestros recuerdos, sentimientos y sensaciones no se mantienen vivos por sí solos de algún modo misterioso. Es imposible que lo hagan, pues dejan de existir cuando el cerebro se destruye.

¿QUÉ SUCEDE REALMENTE AL MORIR?

Lo que sucede cuando fallecemos no es ningún misterio para Jehová, el Creador del cerebro. Él conoce la verdad, y en su Palabra, la Biblia, explica en qué estado se encuentran los difuntos. Allí se enseña con toda claridad este hecho: cuando una persona muere, deja de existir. La muerte es lo contrario de la vida, de modo que los muertos no ven ni oyen ni piensan. Ni una sola parte de nosotros sigue viviendo cuando muere el cuerpo. En efecto, no poseemos un alma o espíritu inmortal. *
Después de afirmar que los vivos saben que morirán, Salomón escribió que “los muertos [...] no tienen conciencia de nada en absoluto”. Entonces amplió esa verdad fundamental al decir que no pueden amar ni odiar y que “no hay trabajo ni formación de proyectos ni conocimiento ni sabiduría en el [sepulcro]” (Eclesiastés 9:5, 6, 10). De igual modo, Salmo 146:4 dice que cuando alguien muere, “perecen sus pensamientos”; en efecto, se acaban por completo.  Lo cierto es que somos mortales y no seguimos viviendo después de la muerte del cuerpo. Nuestra vida es como la llama de una vela. Cuando se apaga, no va a ningún sitio, sino que sencillamente deja de existir.

LO QUE DIJO JESÚS SOBRE LA MUERTE

Refiriéndose a un amigo suyo que había fallecido, Jesucristo mencionó el estado en que se encuentran los muertos. Primero dijo a sus discípulos: “Nuestro amigo Lázaro está descansando”. Ellos entendieron que estaba durmiendo, recuperándose de una enfermedad. Pero se equivocaban, pues Jesús les aclaró a continuación: “Lázaro ha muerto” (Juan 11:11-14). Observe que Jesús comparó la muerte a descansar y dormir. Su amigo no estaba ni en el cielo ni en un infierno ardiente. No se había reunido con los ángeles ni con sus antepasados, ni tampoco había vuelto a nacer como una persona distinta. Descansaba en la muerte, como si durmiera profundamente, pero sin soñar. Otros textos bíblicos también dicen que estar muerto es comparable a estar dormido. Por ejemplo, cuando mataron a pedradas al discípulo Esteban, la Biblia dice que “se durmió” (Hechos 7:60). De la misma forma, el apóstol Pablo escribió que algunas personas de su día se habían “dormido” en la muerte (1 Corintios 15:6).

¿Era el propósito de Dios que la gente muriera? Ni mucho menos. Jehová hizo al hombre para vivir eternamente en la Tierra. Como ya hemos aprendido en este libro, Dios colocó a nuestros primeros padres en un hermoso  paraíso y los bendijo con salud perfecta. Sin duda quería lo mejor para ellos. ¿Acaso hay algún padre amoroso que desee que sus hijos pasen por los dolores de la vejez y la muerte? ¡Claro que no! Pues bien, Jehová amaba a sus hijos y deseaba que fueran felices en la Tierra para siempre. De hecho, la Biblia dice que Dios ha puesto “el tiempo indefinido [...] en el corazón” de los seres humanos (Eclesiastés 3:11). Así es, nos ha creado con el deseo de vivir para siempre, y ha abierto el camino para que ese deseo se haga realidad.

 ¿POR QUÉ MORIMOS?


Entonces, ¿por qué morimos? Para hallar la respuesta tenemos que examinar lo que ocurrió cuando solo había un hombre y una mujer en la Tierra. La Biblia explica: “Jehová Dios hizo crecer del suelo todo árbol deseable a la vista de uno y bueno para alimento” (Génesis 2:9). Sin embargo, había una restricción. Dios le dijo a Adán: “De todo árbol del jardín puedes comer hasta quedar satisfecho. Pero en cuanto al árbol del conocimiento de lo bueno y lo malo, no debes comer de él, porque en el día que comas de él, positivamente morirás” (Génesis 2:16, 17). No era un mandato difícil de cumplir, pues había muchos otros árboles de los que Adán y Eva podían comer. Pero se les dio una oportunidad especial de demostrar su gratitud a Dios, quien les había dado todo, lo que incluía la vida perfecta. Al obedecer, también demostrarían que respetaban la autoridad de su Padre celestial y que deseaban recibir sus amorosas instrucciones.
Por desgracia, nuestros primeros padres eligieron desobedecer a Jehová. Hablando mediante una serpiente, Satanás le preguntó a Eva: “¿[De verdad] Dios ha dicho que ustedes no deben comer de todo árbol del jardín?”. Ella le respondió: “Del fruto de los árboles del jardín podemos comer. Pero en cuanto a comer del fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios ha dicho: ‘No deben comer de él, no, no deben tocarlo para que no mueran’” (Génesis 3:1-3).
 “No morirán —dijo Satanás—. Porque Dios sabe que en el mismo día que coman de él tendrán que abrírseles los ojos y tendrán que ser como Dios, conociendo lo bueno y lo malo.” (Génesis 3:4, 5.) El Diablo quería hacer creer a  Eva que a ella le convenía comer del fruto prohibido. Según le dijo, así podría decidir por sí misma lo que estaba bien y lo que estaba mal; en otras palabras, podría hacer lo que quisiera. Satanás también acusó a Jehová de haber mentido sobre lo que pasaría si comían del fruto. Eva creyó lo que dijo el Diablo, así que tomó el fruto y lo probó. Luego le dio a su esposo, quien también comió. No es que les faltara conocimiento. Ellos sabían perfectamente que estaban haciendo lo que Dios les había prohibido. Al comer del fruto, desobedecieron a sabiendas un mandato sencillo y razonable. De este modo, despreciaron a su Padre celestial y su autoridad. ¡Qué imperdonable falta de respeto a su amoroso Creador!
Imagínese que un hijo que usted ha criado y cuidado le desobedece y demuestra que no le tiene el menor respeto ni amor. ¿Verdad que le dolería mucho? Pues piense en cuánto debió dolerle a Jehová que Adán y Eva se pusieran en contra de él.
Adán y Eva habían desobedecido a Jehová, y no había ninguna razón para que los mantuviera vivos eternamente. Por ello, terminaron muriendo, tal como él les había advertido. Dejaron de existir. Así pues, no pasaron a vivir como espíritus en alguna otra parte. Así lo indican las palabras que Jehová dirigió al primer hombre tras pedirle cuentas por su desobediencia: “[Volverás] al suelo, porque de él fuiste tomado. Porque polvo eres y a polvo volverás” (Génesis 3:19). Dios había hecho a Adán del polvo del suelo (Génesis 2:7). Antes de eso, Adán no existía. Por lo tanto, cuando Jehová le indicó que volvería al polvo, le estaba diciendo que regresaría a ese mismo estado de inexistencia. Al igual que el polvo del que fue hecho, Adán no tendría vida.
Adán y Eva habrían podido estar vivos hoy, pero murieron porque decidieron desobedecer a Dios y, por lo tanto, pecaron. La razón por la que todos nosotros morimos es que somos descendientes de Adán, quien nos pasó el pecado y la muerte (Romanos 5:12). Ese pecado es como una terrible enfermedad hereditaria de la que nadie se libra. Su resultado, la muerte, no es un amigo o una bendición, sino todo lo contrario: es un enemigo o una maldición (1 Corintios 15:26). ¡Qué agradecidos podemos estar de que Jehová proporcionara el rescate para liberarnos de este cruel enemigo!

 ¿CÓMO LE BENEFICIA CONOCER LA VERDAD SOBRE LA MUERTE?

Es todo un consuelo saber lo que enseña la Biblia sobre el estado en que se encuentran los muertos. Como hemos visto, no sufren ni sienten dolor. No hay que tenerles miedo, pues no pueden hacernos daño. No necesitan nuestra ayuda ni tampoco tienen la capacidad de ayudarnos. Ni ellos pueden hablar con nosotros ni nosotros con ellos. Hay muchos líderes religiosos que aseguran que pueden ayudar a los difuntos, y la gente, creyendo esa falsedad, les da dinero. Pero conocer la verdad impide que nos engañen con esas mentiras.

¿Acepta su religión lo que dice la Biblia sobre los difuntos? La mayoría de las religiones no lo hacen. ¿Por qué? Porque Satanás ha influido en sus enseñanzas. Él utiliza la religión falsa para hacer creer a las personas que, después de morir, seguirán viviendo como espíritus en otro lugar. Además, combina esta mentira con otras para alejar de Jehová Dios a los seres humanos. ¿De qué manera?

Como ya vimos, algunas religiones enseñan que los malos sufrirán eternamente en las llamas del infierno. Esta creencia insulta a Jehová, pues él es un Dios de amor y nunca atormentaría a nadie de esa manera (1 Juan 4:8). ¿Qué pensaría usted de un hombre que castigara a su hijo metiéndole las manos en el fuego por haberle desobedecido? ¿Sentiría respeto por él? ¿Desearía conocerlo siquiera? Desde luego que no. Seguro que lo consideraría un individuo muy cruel. Pues bien, eso es lo que Satanás quiere hacernos creer: que Jehová tortura a muchas personas con fuego por toda la eternidad, durante millones y millones de años.

Satanás también usa a algunas religiones para enseñar que los difuntos se convierten en espíritus a los que los vivos deben respetar y honrar. Según esta creencia, esos espíritus pueden ser amigos poderosos o enemigos terribles. Creyendo esta mentira, muchas personas los temen, los honran y les rinden culto. La Biblia, en cambio, enseña que los muertos están durmiendo y que solo debemos adorar al Dios verdadero, Jehová, quien nos ha creado y nos ha dado todo (Revelación 4:11).

Cuando conocemos la verdad sobre los muertos, ya no nos engañan las mentiras religiosas. Además, entendemos mejor otras enseñanzas de la Biblia, como por ejemplo, la promesa de vivir eternamente en el Paraíso. Esta esperanza se vuelve muy real para nosotros cuando aprendemos que los difuntos no van a vivir como espíritus a otra parte.

LO QUE LA BIBLIA ENSEÑA

  • Los muertos no ven ni oyen ni piensan (Eclesiastés 9:5).
  • Los muertos están descansando; no sufren ni sienten dolor (Juan 11:11).
  • Morimos porque hemos heredado de Adán el pecado (Romanos 5:12).










martes, 26 de abril de 2016

¿Por qué razón morimos?

La respuesta que da la Biblia

Es normal hacerse esa pregunta, especialmente cuando fallece alguien querido. La Biblia dice que lo que causa la muerte es el pecado (1 Corintios 15:56).

¿Por qué todos pecamos y morimos?

Los primeros seres humanos, Adán y Eva, perdieron la vida porque se rebelaron contra el Creador (Génesis 3:17-19). Al pecar, se alejaron de Dios, “la fuente de la vida”, lo cual solo podía llevarlos a la muerte (Salmo 36:9; Génesis 2:17).
Adán transmitió a sus descendientes el pecado, un defecto hereditario. La Biblia lo explica así: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y la muerte mediante el pecado, y así la muerte se extendió a todos los hombres porque todos habían pecado” (Romanos 5:12). Como todos pecamos, todos morimos (Romanos 3:23).

El fin de la muerte

Dios ha prometido que él “se tragará a la muerte para siempre” (Isaías 25:8). Pero para ello, tiene que acabar con la raíz del problema: el pecado. Esto lo logrará mediante Jesucristo, quien “quita el pecado del mundo” (Juan 1:29; 1 Juan 1:7).

jueves, 21 de abril de 2016

Los muertos resucitarán

¿Recuerda a Gail, de quien hablamos en el segundo artículo de esta revista? Ella no sabe si superará la muerte de Rob, su esposo. Sin embargo, anhela el día en que pueda volver a verlo en el nuevo mundo que Dios promete. “Mi texto bíblico favorito —comenta— esRevelación [Apocalipsis] 21:3, 4”. Esos versículos dicen: “Y Dios mismo estará con ellos. Y limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado”.
Gail añade: “Esta promesa habla por sí misma. Siento compasión por la gente que ha perdido un ser querido y que no conoce la esperanza de la resurrección”. Para demostrar que cree lo que dice, Gail dedica gran parte de su tiempo a hablarles a sus vecinos de la promesa divina de que en el futuro “la muerte no será más”.
Job con llagas en su cuerpo
Job estaba seguro de que Dios lo resucitaría.
Quizás le parezca un sueño. Pero piense en el ejemplo de Job, quien estuvo gravemente enfermo (Job 2:7). Aunque llegó al punto de desear la muerte, confiaba en que Dios lo resucitaría para volver a vivir en la Tierra. Por eso dijo: “¡Oh que en el sepulcro me ocultaras [...]! Tú llamarás, y yo mismo te responderé. Por la obra de tus manos sentirás anhelo” (Job 14:13, 15, nota). Como vemos, Job no tenía dudas de que Dios desearía devolverle la vida.
Pues eso es lo que Dios hará pronto con Job y con millones de personas, cuando convierta este planeta en un paraíso (Lucas 23:42, 43). La Biblia promete: “Va a haber resurrección” (Hechos 24:15). Además, Jesús afirmó: “No se maravillen de esto, porque viene la hora en que todos los que están en las tumbas conmemorativas oirán su voz y saldrán” (Juan 5:28, 29). Job verá el cumplimiento de esta promesa. Entonces tendrá la oportunidad de recuperar “su vigor juvenil” y su carne será “más fresca que en la juventud” (Job 33:24, 25). Lo mismo les ocurrirá a todos aquellos que demuestren fe en esta bondadosa promesa de Dios de resucitar a las personas en la Tierra.
Si ha sufrido la muerte de alguien cercano, lo que hemos analizado no hará que desaparezca su dolor. Sin embargo, reflexionar en las promesas divinas que se hallan en la Biblia le dará la esperanza y la fortaleza necesarias para seguir adelante (1 Tesalonicenses 4:13).
¿Le gustaría saber qué más puede hacer para sobrellevar el dolor? ¿O se ha preguntado por qué permite Dios la maldad y el sufrimiento? En ese caso, visite nuestro sitio de Internet jw.org y hallará respuestas animadoras y consejos útiles basados en la Biblia.

miércoles, 20 de abril de 2016

Consuelo ante la muerte

Una mujer llorando la muerte de alguien

“No llores, cariño... Dios sabe qué es lo mejor”.
Esas palabras le fueron susurradas al oído de una mujer llamada Bebe en el funeral de su padre, quien murió en un accidente de tráfico.
El comentario se lo hizo con buena intención una amiga de la familia. Pero como Bebe estaba muy apegada a su padre, aquellas palabras, en lugar de aliviarla, la lastimaron más. “¿Cómo va a ser lo mejor?”, se preguntaba una y otra vez. Años más tarde incluyó esa anécdota en un libro, lo que indica que todavía sufría la pérdida.
Su historia demuestra que puede pasar mucho tiempo hasta que se supera este dolor, especialmente si la persona que falleció era alguien muy cercano. No sorprende que la Biblia diga que la muerte es “el último enemigo” (1 Corintios 15:26). Irrumpe en nuestras vidas con una fuerza arrolladora, a menudo sin previo aviso, arrancando de nuestro lado a quienes más amamos. Nadie se escapa de sus garras. Por eso, es normal que no sepamos cómo actuar ante la muerte y sus estragos.
Tal vez se haya preguntado: “¿Cuánto tiempo se necesita para superar el duelo? ¿Qué se puede hacer para soportarlo? ¿Cómo podemos ayudar a quien está pasando por este dolor? ¿Existe alguna esperanza para nuestros seres queridos que han muerto?”.

¿Está mal llorar?

¿Ha estado enfermo alguna vez? Quizás se recuperó tan rápido que prácticamente lo ha olvidado. En cambio, el duelo es diferente. El doctor Alan Wolfelt, en su libro Healing a Spouse’s Grieving Heart(Consuelo tras la muerte del cónyuge), explica: “El dolor por la muerte no se supera. [...] Pero con el paso del tiempo y el apoyo de otras personas, el dolor irá disminuyendo”.
Veamos como ejemplo la reacción del patriarca Abrahán ante la muerte de su esposa Sara. La Biblia dice que Abrahán estuvo de duelo y lloró amargamente, lo que indica que superar aquella pérdida le tomó algún tiempo. * Otro ejemplo es Jacob, a quien le hicieron creer que un animal salvaje había devorado a su hijo José. Estuvo de duelo por “muchos días” y ni su familia podía consolarlo. Años después seguía angustiado por la muerte de José (Génesis 23:2;37:34, 35; 42:36; 45:28).
Abrahán llora junto al cuerpo de Sara
Abrahán lloró amargamente la pérdida de Sara.
Lo mismo les ocurre hoy día a muchas personas que sufren la pérdida de un familiar o de un amigo. Piense en los siguientes relatos.
  • “Mi esposo, Robert, murió en un accidente el 9 de julio de 2008. Aquella mañana fue igual a cualquier otra. Y como todos los días, después de desayunar nos despedimos con un beso, un abrazo y un ‘te quiero’. Ya han pasado más de seis años, y todavía me duele la muerte de Rob. No sé si algún día lo superaré” (Gail, de 60 años).
  • “Aunque ya hace dieciocho años que perdí a mi querida esposa, todavía la extraño y me duele no tenerla a mi lado. Cuando veo algo hermoso en la naturaleza, me acuerdo de ella, y no puedo evitar pensar cómo disfrutaría de verlo” (Etienne, de 84 años).
Es normal que el dolor por la muerte de alguien dure bastante tiempo. Cada persona vive el duelo de manera diferente. Por eso no sería prudente juzgar la reacción de los demás ante una tragedia. Tampoco deberíamos contener nuestras emociones pensando que son exageradas. Ahora bien, ¿hay algo que pueda ayudarnos a seguir adelante?

Cómo sobrellevar el duelo

Hay muchos consejos sobre este tema, sin embargo, no todos funcionan. Por ejemplo, tal vez algunos le aconsejen que no llore y que no exprese sus sentimientos, mientras que otros insistirán en que dé rienda suelta a sus emociones. Ahora bien, el enfoque que presenta la Biblia es más equilibrado y cuenta con el respaldo de estudios modernos.
En algunas culturas se ve mal que los hombres lloren. Pero ¿hay que avergonzarse de llorar en público? Algunos especialistas en salud mental reconocen que llorar forma parte del duelo. Por eso, pasar por todas las fases del duelo contribuye a sobrellevar la pérdida. Sin embargo, reprimir el dolor le puede hacer más daño que bien. La Biblia no dice en ningún pasaje que llorar esté mal o que los hombres no deban hacerlo. Piense en Jesús. Cuando su buen amigo Lázaro murió, no le dio vergüenza llorar en público, aunque tenía el poder de resucitar a los muertos (Juan 11:33-35).
A menudo, el dolor se manifiesta con ataques de ira, especialmente si se trata de una muerte repentina. Una persona puede sentirse furiosa por diferentes razones, como, por ejemplo, cuando alguien a quien respeta le hace comentarios desconsiderados o inoportunos. “Solo tenía 14 años cuando murió mi padre —comenta Mike, de Sudáfrica—. En el funeral, el pastor anglicano dijo que Dios necesita a los buenos en el cielo y que por eso se los lleva. * Aquel comentario me enfureció, pues nosotros necesitábamos muchísimo a mi padre. Aunque ya han pasado más de sesenta años, esas palabras aún me duelen”.
¿Y cuando hay sentimientos de culpa? En el caso de una muerte inesperada, el doliente pudiera pensar: “Si yo hubiera hecho esto o aquello, no habría muerto”. O quizás se sienta aún más culpable porque la última vez que hablaron tuvieron una discusión.
Si lo atormentan los sentimientos de culpa y de rabia, no trate de reprimirlos. Desahóguese con un amigo que lo escuche y que le ayude a entender que estos sentimientos son normales entre quienes pierden a un ser amado. La Biblia nos recuerda: “Un compañero verdadero ama en todo tiempo, y es un hermano nacido para cuando hay angustia” (Proverbios 17:17).
El mejor amigo en esos momentos es nuestro Creador, Jehová. Ábrale su corazón de par en par porque “él se interesa” por usted (1 Pedro 5:7). Si así lo hace, verá cómo se siente más calmado, gracias a “la paz de Dios que supera a todo pensamiento” (Filipenses 4:6, 7). Además, deje que Dios lo consuele mediante su Palabra, la Biblia. Le puede ser útil hacer una lista con versículos que lo fortalezcan y memorizar unos cuantos (mire  el recuadro). Meditar en esas  ideas puede ayudarle especialmente por la noche, cuando esté solo y no pueda dormir (Isaías 57:15).
Recientemente, un hombre de 40 años, a quien llamaremos Jack, perdió a su esposa víctima del cáncer. A veces se siente terriblemente solo, pero la oración le ha ayudado mucho. “Cuando hablo con Jehová, no me siento solo —reconoce—. A menudo me despierto por la noche y no me puedo volver a dormir. Después de leer una porción de la Biblia y reflexionar en ella, y de contarle a Dios mis sentimientos, me tranquilizo. Finalmente, consigo que mi mente y corazón estén en paz, y logro dormirme”.
Una joven llamada Vanessa, que perdió a su madre por causa de una enfermedad, también ha sentido la ayuda de la oración. “En los peores momentos —comenta—, lloraba sin parar y repetía el nombre de Dios. Jehová oyó mis ruegos y siempre me ayudó”.
Algunos especialistas en duelo recomiendan que quienes pasan por ese proceso dediquen tiempo a ayudar a otros; por ejemplo, participando en algún servicio comunitario. Hacer eso los puede animar y aliviarles el dolor (Hechos 20:35). Muchos cristianos que estaban de duelo reconocen que hacer cosas por los demás les ha devuelto la alegría (2 Corintios 1:3, 4).

EL CONSUELO DE LA BIBLIA


Cómo dar consuelo

¿Se ha sentido alguna vez impotente, sin saber cómo ayudar a alguien que ha perdido a un ser querido? Quizás no sepa qué decir o qué hacer, así que al final ni dice ni hace nada. Pero hay cosas que sí puede hacer para ayudar.
A veces, es suficiente con estar presente y decir “lo lamento”. En muchas culturas dar un abrazo o un apretón de manos es un modo de expresar interés. Si quien está de duelo quiere hablar, escúchelo con atención. O mejor aún, haga algo por la familia, algo que quizás ellos no puedan hacer, como cocinar o cuidar de los niños, o ayude con los preparativos del funeral si a ellos les parece bien. Esas acciones dicen más que muchas palabras.
Con el tiempo, puede que sienta el deseo de hablar del difunto, quizás recordando alguna de sus cualidades o contando una bonita anécdota. El efecto de esas charlas puede ser muy bueno, tal vez hasta logre sacarle una sonrisa a quien está de duelo. Eso es lo que le ocurre a Pam, quien perdió a su esposo, Ian, hace seis años. Ella comenta: “La gente me cuenta cosas buenas que hizo Ian, cosas que yo ni sabía, y eso me hace sentir muy bien”.
 Algunos especialistas dicen que los dolientes reciben mucha ayuda al principio, pero después de un tiempo, cuando sus amigos vuelven a la rutina, se olvidan de que siguen teniendo necesidades. Por lo tanto, mantenga la comunicación con quienes están pasando por ese trance. * Muchos que están de duelo agradecen poder hablar de sus sentimientos cuando ya ha pasado algún tiempo.
Fíjese en el caso de Kaori, una joven japonesa que quedó desolada cuando perdió a su madre y quince meses después, a su hermana mayor. Felizmente, recibió la ayuda constante de buenos amigos. Ritsuko, una amiga bastante mayor que ella, se ofreció para cuidarla como a una hija. “Francamente —comenta Kaori—, no me gustó la idea. Madre solo hay una, y yo no quería que nadie ocupara el lugar de la mía. Pero por su manera de tratarme, me encariñé mucho con Ritsuko, quien se convirtió en alguien muy importante para mí. Todas las semanas predicábamos juntas y también íbamos juntas a las reuniones cristianas. Me invitaba a tomar el té, me traía comida y me escribía tarjetas y cartas. El optimismo de ‘mamá’ Ritsuko me ayudó mucho”.
Ya han pasado doce años desde que murió la madre de Kaori. En la actualidad, ella y su esposo dedican gran parte de su tiempo a hablar de la Biblia a sus vecinos. “‘Mamá’ Ritsuko sigue pendiente de mí —comenta—. Cuando regreso a casa, voy a visitarla y disfruto mucho de su agradable compañía”.
Poli, una testigo de Jehová de Chipre, también se ha beneficiado de la ayuda de los demás. Su esposo, llamado Sozos, era un hombre cariñoso y un pastor cristiano ejemplar. Solía invitar a su casa a los huérfanos y a las viudas de la congregación para comer y pasar un rato agradable juntos (Santiago 1:27). Lamentablemente, murió a los 53 años de un tumor cerebral. Poli reconoce: “He perdido a mi fiel compañero, con quien pasé treinta y tres años de mi vida”.
Una pareja lleva comida a un viudo y a su hijo
Busque maneras de ayudar a quienes están de duelo.
Después del funeral, Poli se fue a vivir a Canadá con su hijo menor, Daniel, de 15 años. Allí empezaron a reunirse con los testigos de Jehová de la localidad. “Aunque los hermanos de la congregación no conocían las dificultades por las que habíamos pasado, nos arroparon con sus palabras amables y nos ofrecieron ayuda. ¡Qué oportuno fue aquello para mi hijo, que tanto necesitaba a su padre! Los que estaban a cargo de la congregación se interesaron mucho por Daniel. Uno de ellos siempre lo invitaba para que disfrutara de un buen rato en compañía de buenos amigos o para ir a jugar a la pelota”. En la actualidad, Poli y Daniel están bien y son felices.
Sin lugar a dudas, hay muchas maneras de ayudar y animar a quienes han perdido a seres queridos. Vea a continuación cómo la Biblia también nos consuela al hablarnos de una maravillosa y emocionante esperanza para el futuro.